Durante décadas, los dedos rojos se multiplicaron en Colombia. Se abrían paso en las tiendas, en los bancos, en los hospitales. Descollaban, sobre todo, mientras se estrechaban las manos de los hombres, o mientras una mujer entregaba un billete o una moneda, o mientras dos amigos se despedían y abrían la palma de la mano en la que un dedo se distinguía del resto.