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Enséñame a no robar

Por: Alexander Velásquez

“Apenas un siglo más tarde ya se lamentaba el poeta Francisco de Quevedo y maldecía el oro americano: Nace en las Indias honrado, donde el mundo le acompaña; viene a morir en España, y es en Génova enterrado. Poderoso caballero es don Dinero…”.

(Tomado de “Historia de Colombia y sus oligarquías”, de Antonio Caballero, página 33)

Estimado lector: ¿La honradez es una virtud o es un requisito?

Podríamos escribir una breve historia de la corrupción en Colombia, pero es imposible porque breve no es. Toca empezar desde Cristóbal Colón y el saqueo del oro para satisfacer la voracidad de los Reyes Católicos, misiá Isabel de Castilla y don Fernando de Aragón.

Cuentan por ahí, más no me consta, que hace cuatro siglos, en la Bogotá colonial se robaron cinco mil pesos oro de la Corona española. Ese fue, en 1602, el primer sonado escándalo de corrupción del que se tenga noticia en Colombia. Santa Fe, capital del Nuevo Reino de Granada, era entonces una aldea tristísima con cuatro mil almas tullidas por el frío.

En el enredo se vieron involucrados dos distinguidos (¿?) españoles: el presidente de la Real Audiencia, el marqués Francisco de Sande, (a quien llamaban dizque “Doctor Sangre” por su tiranía) y el visitador Andrés Salierna de Mariaca.

En diversos libros se cuenta el episodio, entre ellos «El carnero», del cronista Juan Rodríguez Freyle y «El Doctor Sangre», de Alberto Miramón.

En el relato literario “El Doctor Sangre, gobernante inolvidable”, de Carlos Vidales, hijo del poeta Luis Vidales, hay una recreación novelesca del asunto.

“Cuando el Señor Visitador Doctor Don Andrés Salierna de Mariaca supo la calumnia que se decía de él, y cuando supo que todo el pueblo de Santafé la repetía en todos los tonos y todas las variantes posibles, y cuando supo que doce jinetes veloces recorrían el reino regando a los cuatro vientos la horrible y venenosa infamia, entonces ordenó que el Doctor Sangre regresara de la Villa de Leiva en el término de la distancia, lo cual se cumplió, y se presentara ante el Arzobispo, lo cual se cumplió, y se desdijera de su calumnia, lo cual no se cumplió porque el muy cabrón tuvo el cinismo de decir que lo que había dicho era cierto, que incluso las barras de oro ya habían sido entregadas por sus propias manos a las manos del Señor Visitador, y que el valor del soborno ascendía a cinco mil pesos de buen oro. Entonces -¡oigan bien y entiendan y aprendan!-, entonces el pobre Señor Visitador se tiró de los pelos de la peluca y la peluca salió volando por los aires, y se llevó las manos al pecho y el pecho le reventó de indignación, de ira y de cólera, y se llevó las manos al rostro y el rostro se le congestionó hasta ponerse morado y azul y verde, y alzó las manos y gritó al Cielo, y desde el Cielo fue oído por Dios Nuestro Señor Omnipotente y Misericordioso, porque el grito que dió fue terrible:

— ¡Juro por mi alma que soy inocente! ¡Y aquí, ahora, a la hora de mi muerte, cito y emplazo al Doctor Sande, mi calumniador, para que comparezca conmigo dentro de nueve días, a contar desde el momento en que yo exhale el último suspiro, ante el Eterno Tribunal de Dios, a responder de este crimen! ¡En ese Tribunal Supremo no caben falsedades ni engaños, y allí resplandecerá la verdad, y allí espero al Doctor Sande dentro del plazo señalado! ¡Queda emplazado!

En conclusión, los cinco mil pesitos de ayer (una fortuna para la época) se perdieron y hoy la platica se sigue perdiendo, entre coimas, torcidos y sobornos, porque también perdimos la vergüenza para quedarnos con las mañas y artimañas heredadas de los españoles.

Esta semana, el excandidato presidencial Rodolfo Hernández fue condenado por el delito de interés indebido en la celebración de contratos. Lo vimos llorar ante las cámaras:

Mi alma está limpia. Mi corazón, en paz. No estoy obligado a probar lo imposible, lo que nunca sucedió. Yo creo que con eso termino mi intervención”, le dijo al señor juez.  Con razón el escritor Fernando Vallejo alguna vez escribió: “Los mejores escritores de Colombia son los jueces y los secretarios de juzgado, y no hay mejor novela que un sumario”.

En mi memoria quedó grabada la desafortunada portada de Semana, (la de Vicky Dávila), donde esa revista, en la recta final de la campaña presidencial 2022, se preguntaba: ¿Ex guerrillero o ingeniero? Con ex guerrillero se referían al hoy presidente de Colombia, Gustavo Petro y con el calificativo de ingeniero al hoy condenado por corrupción ex alcalde de Bucaramanga, Rodolfo Hernández, a quien le faltó poco (700 mil votos) para gobernarnos, izando la bandera contra los ladrones de cuello blanco desde su pomposo partido Liga de Gobernantes Anticorrupción, hágame el bendito favor. Durante la audiencia, confesó que padece cáncer terminal.

Lamento la situación personal del procesado y no tengo si no preguntas.

¿Habría sido condenado el señor Rodolfo Hernández si hoy fuera el presidente de la República?

¿Por qué las leyes permiten que personas con procesos judiciales en curso se postulen a cargos públicos? El caso Vitalogic viene desde 2016.

¿Cómo hacer para que únicamente puedan aspirar al cargo más importante de la nación, y a cualquier cargo público, personas probas, íntegras?

¿Por qué el ingeniero confesó su padecimiento en plena audiencia? ¿Sabríamos de su condición de salud si hoy fuera primer mandatario? En tal caso, ¿estaría asumiendo la presidencia su fórmula vicepresidencial, Mareleen Castillo, a quien Hernández acusó de quedarse con 70 millones de pesos que le habría prestado en campaña?

¿Qué pensar de esas 10 millones y pico de almas que votaron por Hernández, a sabiendas de su altanería y su chabacanería, por no hablar ya del trato vulgar hacia los de su entorno? ¿Les pareció un abuelito candoroso, divertido y hasta tierno?

¿Qué responsabilidad les cabe a los medios de comunicación que endiosan personajes a punta de portadas y titulares? —»Nos lo quisieron meter por los ojos«, me dice un amigo que votó en blanco.  Como ya lo había hecho la misma revista Semana, (la de Felipe López), que puso en otra tapa a los primos Nule (Guido, Manuel y Miguel), llamándolos “Los nuevos cacaos”, aunque en realidad, quitándoles una a, eran los nuevos cacos.

Ríanse con el remate de esa nota, publicada en 2006:

“… esa combinación de olfato para los negocios y de halconería empresarial está convirtiendo esta generación de costeños en un nuevo grupo económico del país. Este es apenas el comienzo de los Nule. Unos jóvenes que sin haber llegado a los 40 años están haciendo empresa como no se veía hace mucho tiempo”. 

El resto es la historia abominable del Carrusel de la contratación.

En su momento, los medios llamaron outsider al ingeniero para magnificar su candidatura, comparándolo con Donald Trump, lo que hoy no sabríamos si es elogio u ofensa. Ahora sabemos que una inmensa mayoría votó por aquél para frenar a Petro. Tristemente, en un país amnésico y sin cultura política, sigue haciendo carrera el hábito malsano de votar no a favor de Fulanito, sino en contra de Zutanito. Y esa es una de las razones para que, fruto del histerismo colectivo, lleguen al poder personas con rojos en conducta y moral.

No creo que seamos un país inviable, pero por unos pocos somos un país altamente indecente, cínico y codicioso: Los que juran servirle a la Patria, le hacen luego pistola a esa misma Patria con el dedo índice sostenido por el del corazón, para servirse de ella sin ponerse colorados. O si no, ¿el poder para qué?, trayendo a colación al doctor Darío Echandía.

El poder se usa en Colombia para hacer chanchullos. Para asaltar el erario público. Para demostrar que la ambición sí rompe el saco. Para que cunda el mal ejemplo: si ellos roban, nosotros también podemos.  Robemos, que unos años de cana no nos aguarán la fiesta.

Dijo Fernando Vallejo: “Aquí lo atracan y extorsionan a uno por un lado las bacrim y los atracadores de la calle, y por el otro los atracadores del gobierno, municipal, departamental o nacional”.

La justicia cojea y llega en muletas cuando ya los acusados descansan en paz… o tienen un pie en la otra vida.

—“Están intentando matarme a cuchillo», declaró el ingeniero desde Miami, en la efervescencia de la campaña. ¿Se acuerdan?

Nadie lo convirtió en mártir y nadie sabe cuanta vida le falta por vivir, o si le alcanzarán los días para pagar su delito. Solo sé que es preferible morirse de muerte natural que de pena. A sus 79 años él es otro ejemplo perfecto de lo que nadie debería ser, de lo que no debemos emular. Sin duda es un triste final, pero cada político elige libremente si quiere salir por la puerta de atrás de la historia.

Por eso, la honradez, siendo una virtud, es el requisito que se le debe exigir a todo funcionario público, aunque la realidad muestra que es más fácil que los honrados se vuelvan corruptos y no al revés.

Una frase suya nos bastó para conocer su talante, su folclorismo y su arrogancia:

«Me limpio el cul0 con esa ley».

Esa filosofía criolla demuestra que las leyes y las trampas se cocinan en el mismo caldero.

La fallida consulta anticorrupción del 2018 (no consiguió los votos suficientes) demostró lo solapados y complacientes que somos los colombianos con los corruptos, porque este definitivamente no es “el país del Sagrado Corazón” sino el país de los vivos que viven de los bobos. Estamos cansados de tantos hombres de bien.

Dice Enrique Serrano en “¿Por qué fracasa Colombia?” Página 233: “… un hombre de bien es hábil para justificarse, para salir bien librado de cualquier embrollo, y si llega a salir mal librado lo hace con otros y esa culpabilidad compartida lo excusa o disminuye el peso de su responsabilidad personal”.

Pero el problema somos nosotros, los bobos del paseo; no ellos. Urge una cátedra en los colegios para enseñar principios elementales, que a mí me los inculcó desde niño mi abuela materna a punta de sermones y refranes que hoy agradezco: El que con lo ajeno se viste, en la calle lo desvisten.

Ella, que no llegó a quinto de primaria, decía: —“Quien se roba una aguja hoy, mañana es capaz de robarse un banco”. Y de esos, de los que empezaron robando poquito (¿o quizás quedándose con las vueltas?) están llenos los expedientes y los titulares de prensa.

Uno elige entre ser honesto o deshonesto.

Los corruptos son gente que no cree en Dios ni en el séptimo mandamiento. O a lo mejor les falta una conversadita con Él cuando terminen de hacer sus cuentas alegres:

—Señor, ¡enséñame a no robar, porque a robar ya aprendimos!

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