
Por: Iliana Curiel Arismendy
Hace nueve años, el 8 de mayo de 2017, la Corte Constitucional declaró que en La Guajira existía un estado de cosas inconstitucional (ECI), al reconocer la vulneración sistemática de los derechos fundamentales de las niñas y niños del pueblo Wayuu, en temas como la alimentación, el agua y la salud.
Nueve años después, el país ha producido diagnósticos, programas e informes.
Pero hay algo profundamente incómodo: sabemos mucho más de lo que estamos transformando.
Estas son nueve verdades que el territorio ha dicho, que la evidencia ha confirmado y que seguimos sin enfrentar del todo.

1. La desnutrición no empieza con el niño
Empieza mucho antes, en las condiciones de vida de las familias, en la gestación, en el acceso a agua, alimentos y servicios básicos. Cuando se detecta, el daño ya viene acumulado.
2. Las niñas están en el centro de trayectorias de riesgo
Muchas adolescentes enfrentan embarazos tempranos en contextos de pobreza y exclusión. Sin transformar sus condiciones de vida, la historia se repite desde el inicio.
3. No es solo falta de alimentos
La desnutrición también es agua, acceso, territorio, ingresos, cuidado y condiciones de vida. Reducirla a comida es simplificar un problema estructural.
4. Sabemos cuáles son las causas
Pobreza, desigualdad, racismo estructural, crisis del agua, exclusión institucional y transformaciones del territorio. No es un problema desconocido.
5. El sistema no acompaña trayectorias
Las niñas y niños pasan de un programa a otro sin continuidad. En el territorio esto se vive como un vacío de cuidado.
6. Es un problema multicausal y acumulativo
No hay una sola causa. Es una red de factores que se combinan y se refuerzan entre sí a lo largo del tiempo.
7. El territorio está cambiando
El cambio climático, las dinámicas extractivas y la transición de economías tradicionales han debilitado la soberanía alimentaria y las formas de cuidado.
8. La respuesta institucional está fragmentada y capturada por intereses
Persisten bloqueos institucionales, fragmentación de las respuestas del Estado y ausencia de una gobernanza territorial articulada. A esto se suman prácticas de corrupción y uso ineficiente de los recursos.
También existe fragmentación en las estructuras de representación: la proliferación de autoridades con agendas desarticuladas dificulta acuerdos sostenidos. En este escenario, propuestas como el modelo de salud intercultural quedan atrapadas entre múltiples intereses y no logran implementarse.
9. Hay verdades que incomodan… y que seguimos evitando
No basta con mejorar programas. Implica reconocer lo que históricamente no se ha querido nombrar: el racismo estructural, el colonialismo en la forma de producir y aplicar el conocimiento, las violencias que atraviesan la vida de las niñas y adolescentes y las prácticas de fragmentación y corrupción que limitan cualquier respuesta sostenida.
A nueve años de la sentencia, el país no necesita más diagnósticos.
Necesita decisiones.
La salud no es solo un asunto técnico o científico. Es una decisión política sobre a quiénes estamos dispuestos —o no— a cuidar.
Aunque hablamos de multicausalidad, hay un punto en el que todas esas causas convergen: la ruptura de las trayectorias de cuidado que deberían garantizarse desde la gestación y a lo largo de la vida.
Cuidar la vida desde la más tierna infancia no es un enunciado.
Es una forma de organizar la sociedad.
Y en La Guajira, esa sigue siendo una deuda.