Por: Betty Martínez Fajardo
A la hora convenida la investigadora Tivi López acompañada del Antropólogo Otto Vergara, dieron rienda suelta en Sabor Barranquilla, a una investigación sobre las frutas asombrosas que se producen en tierras de La Guajira.
Los asistentes escucharon con detenimiento cada explicación a tiempo que observaron como preparaba un flan de iguaraya, que le ofreció en el año 2005 en una cena en la ciudad de Cartagena al nobel de literatura Gabriel García Márquez.
La investigación de Tivi revela que las frutas asombrosas son aquella que regala Juya, ese ser mítico masculino que fecunda la tierra con la lluvia: el bosque entero -cardones, montes de cereza y de aceituna- en su huerta, sembrada y cuidada por una agencia que no es humana.
Las frutas escogidas fueron la iguaraya o yosu, la aceituna o iruwa, la cereza, el mamón y el ají, consideradas asombrosas por lo que representan en el mundo wayuu y lo que hay detrás en cada una de ellas.
“Nosotros no lo vemos como una simple fruta, cada una tiene su especificidad y una referencia muy específica”, expresó la investigadora Tivi López.
En medio de la conversación, recuerda que cada fruto del monte guajiro es también un relato, una manera en que juya, las estrellas y los antiguos cazadores siguen alimentando y a veces advirtiendo a quienes caminan hoy ese territorio.
Tivi, es una defensora de la gastronomía autóctona de La Guajira, y especialmente de la que heredó de sus ancestros, logró crear su propia marca IIWA sabores, símbolos y tradiciones.
IIWA es el nombre que se le da a la primera estrella que anuncia las primeras lluvias que llegan a La Guajira.
La huerta de Juya
Cuatro frutos abren las puertas de esa huerta sembrada por Juya, la iguaraya, la aceituna, la cereza silvestre y el mamón, y uno más el ají cimarrón que recuerda que también el cuerpo humano puede corregirse con los dones del monte, explicó Tivi López.

- Iguaraya o yosu: El fruto del cardón
La inundación y el primer indio: una narración wayuu cuenta que el mar estuvo alguna vez encerrado en un huevo custodiado por un pelícano. Cuando los humanos llevados por la curiosidad lo rompieron, la tierra se inundó y los wayuu debieron refugiarse en los cerros más altos de la península.
Hambrientos danzaron para sobrevivir. Solo el pájaro carpintero lucía bien alimentado, emborrachado confesó tener una huerta secreta. Los wayuu lo siguieron, hallaron el cultivo oculto y esparcieron con sus hondas los frutos maduros del cardón por toda la Guajira, para que la iguaraya perteneciera a todos y no a uno solo.
Recuerda Tivi, que en el año 2005, esa misma fruta la convirtió en flan en una cena ofrecida en Cartagena a Gabriel García Márquez, descendiente el mismo de la guajira Tranquilina Iguarán Cotes.

- Aceituna o Iruwa: el obsequio anunciado por una estrella
La aceituna -Vitex compressa-, es una de las frutas más ligadas a la memoria de la infancia en el norte de la Guajira. Su recolección no la señala el calendario, sino Iruwala, una estrella hermana menor de Juya que anuncia y causa la abundancia del fruto.
Para los wayuu, los astros no se mueven de manera mecánica, como ka’i el sol, y el sol y Kashi, la luna, son personas cuyo curso puede alterarse por la acción de otros seres. Preguntar por una fruta silvestre no es preguntar cómo funciona un reloj, sino quién y por qué la hace aparecer.

- Cereza silvestre o jaipai: la mujer de collares rojos
Los wayuu llaman jaipai (Malpighia punicifolia) a la fruta que los criollos conocen como cereza o acerola. Los bosques son para ellos grandes huertas sembradas por el abuelo Juya, mientras que la patilla, el melón y las demás frutas de huerta pertenecen a los cultivos humanos.
La cereza, cuando era humana en tiempos mitológicos, fue una mujer wayuu ataviada con tu’uma, las cuentas rojizas de los collares más valorados. Su forma externa -dicen las marchantas- es antes una casa que un cuerpo: “aún están verdes las casas de las cerezas”, se explica cuando las lluvias tardan.
Las plantas para las mujeres Wayuu, son seres sociables con voluntad propia, que responden al régimen de lluvias y a los ciclos que comparten con humanos y animales.

- Mamón o Kanewa: El cazador que se hizo árbol
Cuenta la tradición wayuu que el mamón nació de la transformación de un cazador que se extravió en el monte. Llevaba colgando, atado en racimos, las palomas silvestres y los lagartos que había cazado durante la jornada.
La sed lo venció antes de que pudiera regresar, y su cuerpo, con sus presas aún a cuestas, se convirtió en el árbol cuyos frutos crecen exactamente así apretados en racimos, colgando como aquella caza que nunca llegó a casa.
Por eso se dice que los niños que comen demasiado Kanewa sufrirán de adultos, una sed insaciable: la misma que venció al cazador, que hoy es árbol.

- Ají Cimarrón o Caribe: Wainpiraicha’a
En el territorio wayu de la Guajira y el noroeste de Venezuela crece un ají silvestre, el wainpiraicha’a, del que se dice tradicionalmente que solo los hombres wayuu deben consumirlo.
Mientras el maíz, la ahuyama y el frijol han sido documentados por investigadores, periodistas y viajeros, el uso de ese ají, anota la investigadora Karen López Hernández, ha recibido mucha menos atención.
Es un fruto del monte y no de la huerta, el wainpiraicha’a pertenece también a los cultivos de Juya: un condimento silvestre que la huerta humana no sabría producir.
Más allá de la cocina, el ají cimarrón cumple entre entre los wayuu una función normativa: se untaba sobre el cuerpo de quien violaba reiteradamente las normas wayuu como corrección ante la reincidencia en la falta, quien lo recibe padece un intenso ardor en la piel.