(30 de diciembre de 1926-21 de septiembre de 2025)
Por: Weildler Guerra Cúrvelo
Con una mezcla de profundo amor y serena tristeza, despedimos a nuestra querida Carmen Curvelo Torres, quien emprendió su viaje a la eternidad a la venerable edad de 98 años.
Más que un pilar familiar, Carmen fue un emblema de gracia y dignidad para toda la extensa familia Curvelo.
De ella emanaba un optimismo moral tan genuino que iluminaba e impregnaba el espíritu de quienes tuvieron el privilegio de tratarla y valorarla.
Nacida en Riohacha un 30 de diciembre de 1926, Carmen fue hija del distinguido empresario y ciudadano ejemplar Alfredo Curvelo—recordado por sus iniciativas comerciales y su compromiso cívico como concejal, además de ser uno de los promotores de la repatriación de los restos del Almirante José Padilla a su tierra natal—y de la entrañable Dorila Torres, cuyo recuerdo perdura en el corazón de la familia.
Carmen fue una mujer excepcional que dejó una huella imborrable en su familia, amigos y comunidad. Desarrolló una carrera laboral distinguida en el sector farmacéutico, donde se ganó el respeto y la admiración de todos. Trabajó con dedicación en la Farmacia Tropical y, posteriormente, en la farmacia de la Caja de Previsión Departamental, donde su eficiencia y rectitud fueron ampliamente reconocidas hasta su merecida jubilación.
Queda en la memoria el grato recuerdo de su casa en el Barrio Arriba de Riohacha con su característico color solferino, los altos sardineles y la enredadera de campanas moradas que adornaba una de sus paredes.
Bajo la sombra de su centenario árbol de níspero—hoy una reliquia patrimonial de la flora de la ciudad—Carmen recibía con calidez y cariño las visitas, tejiendo en esos encuentros momentos entrañables que quedaron para siempre esculpidos en la memoria.
La recordaremos con su apariencia siempre formal y bien compuesta tras el mostrador de una farmacia, y en esas conversaciones llenas de sabiduría donde compartía reflexiones de vida.
En alguna hoy distante ocasión, hablábamos sobre el momento de formar una familia, y ella, quizás aconsejándome desde su propia experiencia, declaró: «la locura se comete joven», dándome a entender que sopesar racionalmente una decisión por demasiado tiempo puede conducirnos a la soledad, pues la vida es inescapablemente fugaz.
Esas breves joyas de sabiduría son hoy tan valiosas como cada una de las perlas de un collar. La recuerdo conversando con sus primas, especialmente con mi madre, unidas por la sangre y un afecto inquebrantable.
Ellas, mantenían esas llamadas diarias donde hablaban de las cosas que marcan la cotidianidad, de esos sucesos perecederos que constituyen las mañanas de la humanidad desde el principio de los tiempos.
Esas pequeñas cosas que, como dijera el poeta Aurelio Arturo, edifican «los días que uno tras otro con la vida».