En los últimos años, hemos visto un aumento considerable en la discusión sobre la salud mental, pero la acción concreta sigue siendo insuficiente. Cada día nos enfrentamos a la triste realidad de leer noticias sobre personas que deciden quitarse la vida, un acto devastador que sacude a la sociedad.
En esos momentos, las redes sociales y los medios se llenan de mensajes de pesar y de llamados a las autoridades para tomar cartas en el asunto. Pero, ¿Qué sucede después de esas reacciones instantáneas? Al cabo de unas horas o días, muchas de esas mismas personas vuelven a caer en comportamientos de crítica y burla, dándole continuidad a un ciclo dañino que contribuye al problema.
¿Cuándo entenderemos que la salud mental no es solo responsabilidad de las autoridades, sino de todos nosotros? La Organización Panamericana de la Salud señaló que el pronóstico de intentos de suicidio para este año asciende a 37.209 casos. Esta cifra alarmante debería hacernos reflexionar profundamente sobre cómo nos estamos relacionando como sociedad.
Los expertos alertan de un aumento del 12% en los casos de suicidio en lo que va del año. Lo más devastador es que muchas de estas víctimas son niños de entre 10 y 12 años, así como jóvenes de entre 17 y 49 años, con una mayor incidencia entre los hombres.
En La Guajira, se han registrado aproximadamente 18 suicidios en lo que va del año. Aunque las autoridades han intentado intervenir, su esfuerzo no es suficiente frente a una problemática que trasciende raza, género y estatus social.
La salud mental es una responsabilidad compartida
Un tema recurrente en el debate público es el término «generación de cristal», utilizado despectivamente para referirse a quienes se sienten ofendidos con facilidad. Pero, ¿es realmente que todo ofende? ¿O es que aún no hemos entendido que cada persona procesa sus emociones de forma diferente? Para muchos adultos, los comentarios dañinos que recibieron hace años siguen presentes, y la incapacidad de gestionar esas heridas emocionales puede llevarlos a sentirse atrapados, incapaces de pedir ayuda por miedo al juicio o la vergüenza. En esos momentos de desesperación, algunos ven el suicidio como la única salida. Y solo entonces, irónicamente, es cuando las voces que contribuyeron al sufrimiento de esas personas piden perdón y reclaman más atención a la salud mental.

Es necesario que dejemos de hacer comentarios hirientes sobre el cuerpo, la vida o las decisiones de los demás. Hablar de empatía está de moda, pero ponerla en práctica sigue siendo un reto para muchos. ¿Cuántas veces hemos evitado ponernos en los zapatos del otro, optando en cambio por la crítica fácil? La empatía no es un concepto abstracto, es una práctica diaria que puede salvar vidas.
La salud mental es responsabilidad de todos. No basta con exigir medidas a las autoridades o lamentar tragedias cuando suceden; debemos comenzar por revisar nuestras acciones y palabras. Nosotros tenemos el poder de contribuir a un entorno más compasivo y comprensivo, donde las personas no se sientan juzgadas por sus emociones ni avergonzadas por buscar ayuda.
Si realmente queremos reducir esas cifras devastadoras, el cambio empieza con nosotros. Tomemos conciencia de que nuestra empatía y apoyo pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte para quienes luchan en silencio. No esperemos a que sea demasiado tarde para mostrar nuestra humanidad.