Por: Nicolás Lubo Matallana
Riohacha cumple 480 años en medio de enormes retos sociales y culturales. La fecha no debería ser solo una excusa para celebrar, sino una oportunidad para preguntarnos qué significa hoy ser riohachero y cómo esa identidad puede convertirse en motor de transformación social.
En muchos espacios se apela a la “riohacheridad” a partir de recuerdos nostálgicos y evocaciones al pasado que, si bien forman parte de la memoria, poco aportan cuando se convierten en el único relato disponible. Esa mirada termina reduciendo la identidad a una postal inmóvil, más preocupada por recrear imágenes que por fortalecer la cultura como herramienta viva.
El riesgo de esa nostalgia es que invisibiliza los procesos comunitarios y artísticos que, con constancia, han logrado abrir espacios de cohesión y alternativas de vida en los barrios, en las zonas rurales y en la propia ciudad.
Ahora bien, es justo reconocer que tanto desde la institucionalidad como desde la sociedad civil se han promovido procesos valiosos que merecen continuidad.
Las unidades locales de cultura, los estímulos a las escuelas de formación y el apoyo a los artistas han abierto caminos de creación y participación que no deben perderse. Más que interrumpirse con cada administración, estos esfuerzos requieren consolidarse y potenciarse, porque en ellos se encuentra una parte esencial de la verdadera riohacheridad: la que genera impacto en la vida de la gente y fortalece el tejido social.
La verdadera riohacheridad no está en el recuerdo vacío ni en discursos que se agotan en la repetición, está en la capacidad de sus gentes para crear, para resistir y para proyectar desde la diversidad. En ella confluyen los aportes de los pueblos indígenas, afrodescendientes, mestizos y migrantes que han hecho de Riohacha un territorio plural. Es ahí donde la cultura se convierte en infraestructura social, en derecho y en camino hacia el desarrollo.
Hoy, cuando más del 39% de la población enfrenta condiciones de pobreza multidimensional, no basta con mirarse en un espejo de nostalgias. Riohacha necesita políticas culturales de largo plazo que reconozcan y fortalezcan los procesos existentes, que apuesten por la formación artística, la memoria viva y la creatividad como alternativas de futuro.
Los 480 años de la ciudad son un llamado a superar la retórica y a asumir la riohacheridad como un proyecto colectivo: uno que transforme la desigualdad en oportunidad, la memoria en futuro y la cultura en la base de un desarrollo sostenible. Solo así la conmemoración dejará de ser un acto protocolario y se convertirá en un compromiso compartido con lo que realmente somos y queremos ser.