Ultimas Noticias
Search

La ciudad que se nos apaga

Comparte

Por: Nicolás Lubo Matallana

Bastaron cinco días de pausa, haciendo lo que más me gusta y recorriendo lugares que no había habitado con la atención suficiente, para entender que a veces hay que salir de la propia ciudad para poder verla con claridad. El Festival Internacional de Cuentería en Sahagún, en su versión 25, no fue solo un encuentro de narradores.

Fue un espacio donde la palabra volvió a ocupar su lugar, donde el tiempo se desaceleró y donde, entre historias, se tejieron vínculos que no pasan por lo formal sino por lo esencial. Allí confirmé algo que ya intuía: los cuentos no solo se cuentan, también construyen comunidad. Y en ese ejercicio, entre viejos amigos y otros nuevos que ya se sienten entrañables, uno termina reconociendo que hay afectos que nacen de compartir la palabra y que perduran más allá del escenario.

Publicidad

El recorrido por Sahagún y por poblaciones cercanas, sumado a la llegada a Sincelejo, la única capital del Caribe colombiano que me faltaba por conocer más allá de una parada en su terminal, terminó siendo algo más que un desplazamiento geográfico.

En la calle primera de Riohacha la venta de artesanías wayuu dinamiza la economía Foto: Betty Martínez Fajardo.

Fue un ejercicio comparativo inevitable. Después de haber transitado las ocho capitales del Caribe, incluyendo a San Andrés, la conclusión es incómoda pero necesaria: Riohacha no es la más fea. Nunca lo ha sido. Es, en cambio, una ciudad profundamente descuidada. Y ese matiz es decisivo, porque lo feo parece inmodificable, mientras que lo descuidado habla de abandono, de decisiones acumuladas y de responsabilidades que no se han asumido.

En Sahagún y Sincelejo hay limitaciones evidentes, pero también hay algo que marca la diferencia. Hay orden en lo básico, hay calles limpias, hay acceso constante a servicios esenciales como el agua, y sobre todo hay un sentido de pertenencia que se manifiesta sin necesidad de discursos.

Se percibe en la forma en que las personas hablan de su cultura sabanera, en el orgullo con el que se refieren a su ciudad, en la manera en que la habitan.

Esa relación con el territorio no es espontánea. Es el resultado de una construcción colectiva que ha logrado instalar la idea de que lo público también es propio. Y es allí donde empieza a explicarse el rezago de Riohacha, no en la carencia de recursos, sino en la fragilidad de ese vínculo entre ciudadanía y ciudad.

Alguien lo dijo con claridad durante el viaje. Ustedes tienen un malecón que nosotros no tenemos. Y tenía razón. Pero esa afirmación, lejos de ser un consuelo, deja en evidencia una paradoja. Contar con un elemento urbano de valor no es suficiente si el resto de la ciudad no logra sostener una identidad coherente ni ofrecer condiciones básicas que estén a la altura de su potencial. No hay argumento posible cuando la evidencia es tan directa. La ciudad aparece fragmentada, con aciertos aislados que no logran integrarse en una visión compartida.

Ese vacío se hace más evidente cuando se intenta construir sentido de pertenencia desde fórmulas superficiales. No es un eslogan repetido lo que genera arraigo. Tampoco lo son los procesos cortos y desarticulados que pretenden producir cultura ciudadana en semanas.

En la calle primera de Riohacha se concentran varios sitios de esparcimiento para propios y visitantes. Foto: Betty Martínez Fajardo.

El sentido de pertenencia es una construcción lenta que se sostiene en coherencias, en prácticas continuas, en la relación entre lo que se dice y lo que efectivamente ocurre en la ciudad. Cuando esa coherencia no existe, el discurso pierde valor.

Decir que Riohacha no es la más fea sino la más descuidada implica reconocer que lo que se percibe como deterioro tiene un origen social.

Existen registros, incluso memorias recientes, de una ciudad con vida en sus calles, con movimiento, con una dinámica que hoy parece diluida. La sensación actual es distinta. En distintos sectores, la ciudad se percibe aletargada, no porque carezca de potencial, sino porque parece haberse instalado en una especie de conformidad frente a lo mínimo. Lo inmediato reemplaza lo importante y lo superficial termina ocupando el lugar de lo esencial. Y, sin embargo, esa misma historia demuestra que no es una condición permanente, sino un estado que puede revertirse.

En ese punto, los valores sociales se erosionan. Se vuelven difusos, se relativizan, dejan de ser referentes claros. En distintos espacios de la vida cotidiana se normalizan comportamientos que en otros entornos generarían rechazo.

Se asume que la celebración implica exceso y que la libertad se ejerce sin responsabilidad. No es casual que episodios como un vehículo estrellado contra una vivienda durante un fin de semana pasen rápidamente de ser hechos preocupantes a convertirse en simples anécdotas. Cuando eso ocurre, el problema ya no es el hecho en sí mismo, sino la manera en que la sociedad lo procesa.

A ese deterioro se suma una desconexión con el patrimonio inmaterial. Riohacha posee manifestaciones culturales con capacidad de proyección nacional, como el Carnaval, pero carece de una visión clara que permita consolidarlas como plataformas de desarrollo cultural y económico. No se trata únicamente de realizar eventos, sino de comprender su valor estratégico, de integrarlos en una narrativa de ciudad y de sostenerlos con políticas coherentes.

Lo mismo ocurre con la gastronomía. Existe una riqueza culinaria singular, con productos, técnicas y saberes que no se replican en otras regiones del país. Sin embargo, esa riqueza no ha sido plenamente asumida como un elemento de identidad ni como una oportunidad de posicionamiento. En la práctica, conviven dos realidades. Por un lado, quienes consumen sin reflexionar sobre lo que representa esa tradición.

Por otro, quienes desde afuera llegan, descubren y valoran lo que aquí pasa desapercibido. No deja de ser paradójico que, en muchos casos, quienes no nacieron en la ciudad desarrollen un vínculo más consciente con ella que quienes crecieron en su interior.

El deterioro de una ciudad no comienza en su infraestructura. Comienza en aquello que la sociedad decide normalizar, en lo que deja de incomodar, en lo que se acepta sin cuestionamiento. Y en ese punto aparece una de las tensiones más frecuentes. La pregunta que busca trasladar la discusión hacia el plano individual. ¿Y usted qué hace por la ciudad?

Responderla exige ir más allá de la lógica de los gestos aislados. Uno de los problemas estructurales de Riohacha es la fuerte individualidad que atraviesa la vida cotidiana. Las viviendas pueden estar en condiciones óptimas en su interior, pero ese cuidado no se extiende al espacio común.

La frontera entre lo privado y lo público se convierte en una ruptura. Lo público deja de ser entendido como propio y pasa a ser un territorio sin doliente claro.

A esto se suma una realidad económica que no puede ignorarse. La inseguridad que se percibe en distintos espacios no es un fenómeno aislado. Está vinculada a las condiciones de vida de la población. Cuando cerca del 62 por ciento de las personas se encuentran en la informalidad, lo que se evidencia es una estructura económica que no ha logrado generar oportunidades suficientes ni sostenibles. Sin desarrollo económico incluyente, cualquier intento de fortalecer el sentido de pertenencia queda limitado.

Catedral Nuestra Señora de los Remedios, uno de los sitios más visitados por las personas que llegan a conocer la ciudad de Riohacha. Foto: Betty Martínez Fajardo.

Plantear soluciones implica asumir la complejidad del problema. No se trata únicamente de promover buenas prácticas individuales ni de exigir mayor presencia institucional. Se trata de reconstruir la relación entre ciudadanía y ciudad, de reconocer que el espacio público también es responsabilidad colectiva, de entender que la participación no puede limitarse a momentos coyunturales y que la exigencia debe ser constante y fundamentada.

En ese escenario, la crítica cumple una función necesaria. No como ejercicio destructivo, sino como mecanismo de alerta y de reflexión. Señalar lo que no funciona no es un acto de oposición a la ciudad. Es, en muchos casos, una forma de compromiso con su transformación. Una ciudad no mejora únicamente a partir de discursos positivos. También requiere diagnósticos incómodos y la disposición de confrontar aquello que no está bien.

Por eso, frente a la pregunta que intenta reducir la discusión a una responsabilidad individual, la respuesta no puede ser defensiva. Hablar, comparar, analizar y poner en evidencia lo que ocurre también es una forma de acción. No resuelve todo, pero evita algo peor: que nos acostumbremos.

Las ciudades no se deterioran de un día para otro. Se deterioran cuando dejan de incomodar. Y una ciudad que deja de incomodar empieza, lentamente, a apagarse.

Ultimas Noticias

La ciudad que se nos apaga
Autoridades investigan móviles del asesinato de dos jóvenes en Riohacha
Esepgua presentó los resultados de su gestión 2025
Más de 100 mujeres se unen para conmemorar el Día de la Mujer con Aqualia y AMULIDESO
Gestión de alto nivel: Uniguajira logra resultados sobresalientes en el manejo de regalías

Noticias Relacionadas

Autoridades investigan móviles del asesinato de dos jóvenes en Riohacha
Esepgua presentó los resultados de su gestión 2025
Más de 100 mujeres se unen para conmemorar el Día de la Mujer con Aqualia y AMULIDESO
Gestión de alto nivel: Uniguajira logra resultados sobresalientes en el manejo de regalías
“Un recuerdo sin nombre”: María Belén Martínez Illidge
Corpoguajira otorga viabilidad ambiental a proyecto de gas natural para comunidades de Maicao y Albania