De la evidencia al imperativo ético

Por: Ileana Curiel Arismendy
Cuando escribí “La salud de los wayuu en cuerpo y alma” hace más de una década, ya era evidente que los modelos hegemónicos de atención médica eran insuficientes para comprender y atender a los niños indígenas en su realidad.
Lo que escuché de madres wayuu en el Cabo de la Vela no fue una queja aislada, sino una visión profunda: para ellas, la salud no era solo la ausencia de enfermedad, sino el equilibrio entre cuerpo, alma, territorio, sueños y naturaleza. Un equilibrio que ha sido sistemáticamente ignorado.
Hoy, después de años de investigación en campo, diálogo intercultural, acompañamiento a parteras, sabedores tradicionales, líderes comunitarios y médicos rurales, insisto en una verdad que debe dejar de ser incómoda: la salud no puede seguir siendo diseñada desde Bogotá para imponerse sobre los territorios. Tiene que nacer desde ellos. Y eso no es solo un deseo, ahora también es un mandato legal.
La reciente promulgación de la ley que establece el Sistema Indígena de Salud Propia e Intercultural (SISPI) como política de Estado representa un hecho histórico.
Por primera vez, el país reconoce con fuerza jurídica que la salud de los pueblos indígenas debe construirse desde sus propios principios, sistemas y cosmovisiones. Es el momento de actuar con coherencia. No basta nombrar la interculturalidad; hay que implementarla.

Pilares modelo de salud
En La Guajira, una de las regiones con mayor mortalidad infantil indígena del país, esta transición no puede esperar. La vida de niñas y niños wayuu depende de ello. Por eso he venido proponiendo, desde la práctica y la evidencia, un Modelo Intercultural de Salud para el Pueblo Wayuu, que se sustenta en cinco pilares:
- Participación comunitaria vinculante, donde las comunidades decidan sus rutas de atención y cuenten con una red propia de promotores formados en salud occidental y saberes ancestrales.
- Diálogo real entre saberes médicos, garantizando que el personal de salud conozca el sistema wayuu y que jóvenes indígenas puedan formarse como profesionales desde su propia cultura.
- Territorialización del modelo, con infraestructuras adaptadas, centros materno-infantiles con doble acompañamiento (médico y espiritual) y equipos móviles interculturales.
- Protección del territorio y del conocimiento ancestral, reconociendo que la salud no es posible sin tierra, agua y soberanía cultural.
- Gobernanza compartida, con una gestión transparente de recursos entre Estado, cooperación, empresa privada y organizaciones indígenas
Este modelo no parte de una hoja en blanco. Ha sido tejido en la cotidianidad, en el duelo por las muertes evitables, en los cantos de sanación, en el desierto sin agua. Es coherente con la Sentencia T-302 de 2017, que ordena implementar un enfoque étnico en salud. Y es perfectamente articulable con el SISPI, porque no se trata de una fórmula, sino de un proceso vivo de construcción colectiva desde el territorio.
Como mujer indígena, pediatra, investigadora y docente de la Universidad de La Guajira, lo digo con convicción: «Lo que está en juego no es solo la salud, es la vida misma. Es tiempo de sembrar una política pública que nazca del territorio. Hoy más que nunca, el pueblo wayuu necesita un modelo de salud que lo represente y lo proteja. No puede haber justicia social sin justicia cultural. La Salud es Política”.
Seguir diseñando políticas públicas sin escuchar las voces de los pueblos es seguir cometiendo violencia estructural.
» La salud no es un tecnicismo, es un derecho humano. La salud, como la entendemos desde el corazón del territorio, solo puede reverdecer en el desierto si la sembramos de manera colectiva: con respeto, con autonomía, sin intereses políticos, con escucha y con decisión política.»
Colombia ya dio un paso valiente al reconocer el SISPI como política de Estado. Ahora le corresponde al Estado cumplir, a la academia acompañar con humildad, y a los pueblos indígenas defender su derecho a sanar desde su propia raíz.
Es tiempo de pasar de los diagnósticos y de los proyectos de documentación del modelo, a las decisiones.
El pueblo wayuu no puede seguir esperando: la vida no da tregua, está en juego la pervivencia de nuestra etnia.
Construir un modelo de salud con rostro wayuu no es una utopía, es una deuda histórica que exige voluntad, justicia y acción. No se trata solo de una necesidad técnica, sino de un imperativo ético: “que la política pública escuche al territorio y se construya desde él, no sobre él.»