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Conservación es sinónimo de experiencias pluritemporales.

Por: Stephania Mendoza

Las viejas casonas de Riohacha, parte de su historia que siguen levantadas a pesar de la indiferencia del gobierno departamental y Distrital. Foto: Stephania Mendoza

Era una tarde lo suficientemente calurosa para ver las calles vacías en el centro de Riohacha. Aunque, durante las tardes y noches del mes de octubre era muy común predecir el clima debido a la temporada de lluvias y el petricor que, invocado por el viento que venía desde la Alta, clamaba por refrescar la tierra y sus habitantes. Pareciera que durante el día el tiempo se congelara en los cuatro primeros meses del año, cuando el calor inclemente da la sensación térmica casi cuarenta grados, y lo único que apetece es estar bajo la sombra de un árbol, comiendo mango o bebiendo algo frío. Es así como a plena luz, de un día de octubre perdido en la memoria, se vivía el día a día entre dos tiempos totalmente distintos, paralelos y surreales.

En las calles del área de conservación de la Vieja Riohacha, el centro de la ciudad, perdidos entre la arena color naranja que el viento marino arrastraba por las calles que parecen evaporarse en ondas de calor por el sol, caminaban una pareja de jóvenes turistas. De mediana estatura, de acento característico del interior del país, con su piel mojada de sudor, los ojos cafés, inquietos y sus pies caminantes, firmes y decididos, grababan en su memoria las casas antillanas y republicanas que contaban en el ruido de sus tejas partidas, el fulgor de sus antiguos dueños y de su propiedad del que un día hicieron parte. 

¿Y si nos detenemos un momento para tomar una fotografía? – preguntó el joven llamado “Jair” a su compañera “Carolina”. Así fue, no solo tomaron una fotografía, sino varias a distintas casas del centro de la ciudad. Y, como superstición que cobra objetividad, capturaron el alma, la gloria de lo que llegaron a ser y la ruina, decadencia del final de sus tiempos.

Un ejemplo empresarial de como se puede conservar una vieja casona. Foto: Stephania Mendoza

En la carrera 6 con calle 3b la casa del pionero de las ferreterías y los víveres Emílio Vence, construida por el arquitecto Lorenzo Castañeda, fue muestra de la influencia del estilo antillano. En la calle 5 con carrera 6 la residencia de Pachito o Francisco Fuentes Weber, construida hace más de un siglo y, sede de repostería, el origen de la microempresa Riohachera.

El caserón de Vladimiro Pérez ubicada en la calle 6 # 5-37 de arquitectura antillana, construida en 1906 y reconocida por su piscina en el nivel inferior tuvo varios perfiles como almacén, caja de cambios, lugar de encuentro entre familiares y desconocidos y casona familiar.

La casa de Juancho Pinedo ubicado en la calle 3 #5-02, finalizada en 1878 fue la primera construcción de tres pisos de la ciudad, fue el regalo de bodas para una de sus hijas, en 1920 fue sede de la estación telegráfica operado por Gabriel Eligio García, papá del nobel.

El recorrido finalizó con la casa Lallemand-Weber, su construcción, de uso habitacional hacia el año 1900, utiliza un cerramiento de balcones de madera calada creada mediante la superposición de varas que dan la sensación de estar tejidas con un delicado encaje. Este, elaborado con finas puntadas de hilo que con el pasar de los años estuvo deshilachándose, carcomido por larvas y polillas de ropa que disfrutaban de un festín que creían eterno, perpetuo hasta la postrimería de la morada, que ahora es azul. Blanca y azul, casa que se restauró y produjo dos pisos, en el segundo un apartamento y en el primero una oficina que destaca con logo rojo y letras negras “Jair Mendoza, Arquitecto”.

El mismo que una vez tomó una fotografía, encapsuló la historia y guardó las vivencias pluritemporales que únicamente son revividas en esa restaurada casa.

En otras tantas, perecen los meses de octubre, el comercio, la repostería, el telégrafo y las historias de amor. En algunas se observa abandono, devastadas por las polillas del olvido, las arenas de la apatía y las humedades de la pretensión de demolición. Sin fotógrafo que logre capturar las vivencias pluritemporales se desmoronan y se desaprovechan las historias que cuentan las paredes y columnas; los deseos, sueños y fantasías que atraen a los turistas que, embelesados por los arreboles encuentran la diferencia y la verdadera esencia de esta comarca guajira.

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