Por: Nicolás Lubo Matallana
En Colombia, septiembre es el Mes del Patrimonio. Así lo estableció el Decreto 853 de 1998, en desarrollo de la Ley General de Cultura (Ley 397 de 1997), como una forma de recordar que nuestras riquezas culturales no son accesorios de la historia, sino parte esencial de lo que somos.
La Constitución de 1991 lo reafirma en su artículo 8: es obligación del Estado y de las personas proteger las riquezas culturales y naturales de la Nación. No es una opción política, es un mandato constitucional.

Este año la conmemoración coincide con los 480 años de poblamiento de Riohacha, una oportunidad para mirar de frente los patrimonios que nos identifican. La ciudad guarda tesoros materiales de gran valor: la Catedral de Nuestra Señora de los Remedios, símbolo religioso y urbano que alberga el mausoleo del Gran Almirante José Prudencio Padilla López, héroe naval de la independencia; la casa de Luis Antonio Robles, memoria viva del primer congresista afrocolombiano del país; y las casas patrimoniales del centro histórico, que con sus ventanales y balcones aún resisten al paso del tiempo y narran la vida de generaciones enteras.
Pero es en el patrimonio inmaterial donde la identidad late con más fuerza. La música vallenata, con sus versos que cuentan la cotidianidad y la memoria del Caribe, sigue siendo una escuela viva de tradición oral. El sistema normativo wayuu y las prácticas ancestrales de los pueblos indígenas, que regulan la vida comunitaria y mantienen un orden propio, son ejemplo de cómo la cultura es también forma de justicia y convivencia.

Los espacios culturales afro del sur de Riohacha resguardan danzas, cantos y rituales que han sobrevivido gracias a la resistencia de comunidades que nunca renunciaron a su herencia. Y la tradición culinaria, transmitida en los fogones familiares, conserva sabores que no solo alimentan el cuerpo, sino que evocan la memoria de abuelas y madres como guardianas de la identidad.
De manera especial, el Carnaval de Riohacha es hoy la expresión más visible y, al mismo tiempo, la más vulnerable. Los Embarradores, que en febrero próximo cumplirán 159 años de resistencia, son un símbolo de arraigo y pertenencia, una forma de recordar que del barro venimos y con él nos reconocemos. El pilón riohachero, máximo himno de la fiesta, une generaciones en una coreografía que habla de cohesión y pertenencia; mientras que la cumbiamba, con su espíritu colectivo, reafirma que el carnaval no es un espectáculo para la mirada externa, sino una vivencia comunitaria que se alimenta de la participación de todos.
En los últimos años se han dado pasos importantes. La institucionalización del Carnaval mediante el Acuerdo Distrital 017 de 2021 estableció que el 12% del recaudo de la estampilla Procultura debe destinarse a su desarrollo.
Estos recursos, aparte de apoyar la realización de la fiesta con el respaldo a las manifestaciones patrimoniales, constituyen una base real para avanzar en lo más urgente: un Plan Especial de Salvaguardia (PES) que garantice la transmisión intergeneracional, respalde a los portadores de tradición y blinde la fiesta frente a la invasión de costumbres ajenas. Con el acompañamiento del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, esta tarea no es accesoria: es prioritaria y redundará en beneficios concretos para proteger y proyectar la manifestación.
De igual forma, se requiere actualizar el Decreto 0243 de 2019, que define la lista indicativa de bienes de interés cultural del distrito. Sin esa revisión, muchos patrimonios materiales e inmateriales corren el riesgo de quedar invisibles o desprotegidos.
Aquí la reflexión es clara: el patrimonio no es únicamente memoria ni motivo de nostalgia, también es futuro. Ponerlo en valor abre posibilidades reales de turismo cultural, capaz de diversificar la economía y de convertir a Riohacha en un referente regional de identidad y creatividad. Pero la pregunta es inevitable: ¿estamos a la altura de proteger lo que nos da orgullo y sentido de pertenencia? ¿O seguiremos aplazando decisiones que podrían marcar la diferencia entre la permanencia y la pérdida?.
En este septiembre del patrimonio, y en el marco de los 480 años de Riohacha, la ciudad tiene frente a sí un reto que no admite más postergaciones: proteger el Carnaval y sus patrimonios como acto de dignidad, identidad y desarrollo.
* Investigador Cultural, Candidato a Doctor por la Universidad del País Vasco.