Mamos ikʉ pierden su liderazgo por influencia de la modernidad.

Por: Agencia de Noticias de la UNAL.

La transformación social ha hecho que los mamos se estén reduciendo solo a lo mágico y religioso. Fotos: Juan Sebastián Mojica Zapata.

“Estamos sufriendo más, nos estamos quedando sin comida, estamos dejando nuestra cultura, ¿por qué? Porque no hacemos lo que sabemos. Dicen que somos ikʉ , y lo único que nos han dejado es la lengua. Hasta el mamo ya está perdido, y aunque lo sabe, ya se está dejando”.

Este es uno de los fragmentos del relato de Lilia Rodríguez, miembro de la sociedad ikʉ, comunidad que habita en la zona oriental del Resguardo Indígena Arhuaco, en la Sierra Nevada de Santa Marta, donde los mamos han venido experimentando la desaparición de su voz como caciques, quedando reducidos a lo mágico-religioso.

Los mamos eran los encargados de oficiar las danzas del tani –consideradas como la columna vertebral de su sociedad– que consisten en equilibrar el cosmos para que la vida social sea fértil y positiva. Además coinciden con los solsticios, cuando el Sol está en lugares particulares de la bóveda celeste a lo largo del año, un evento que para la sociedad es el mejor momento para sembrar y producir la tierra.

A diferencia de otras sociedades, los ikʉ son una comunidad agraria, por lo que esta forma de entender los astros es muy importante para ellos.

“Tradicionalmente los mamos determinaban quién bailaba y cómo se hacía. Ellos organizaban el trabajo de la comunidad y lo distribuían, y en contraprestación por equilibrar el cosmos, las personas les daban animales, semillas y cosechas, lo necesario para que el mamo hiciera que las lluvias fueran buenas, que no llegaran con granizos y que el sol no quemara los cultivos; por lo mismo, ellos se situaban como los jefes que administraban la producción de la comunidad”.

Así lo describe la investigación de Juan Sebastián Zapata-Mujica, magíster en Antropología de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL).

“Quería utilizar la teoría antropológica para entender cómo se ordena su sociedad, y en esa exploración me di cuenta de que están atravesando por una transformación estructural, a su manera, que están entrando en los márgenes de la modernidad y del capitalismo, adquiriendo cada vez más rasgos de sociedad campesina, un proceso que se sintetiza particularmente en los mamos”, destaca en el estudio.

En este trabajo se realizó un proceso etnográfico que contó con entrevistas y relatos, especialmente en la montaña Yo’sagaka, ubicada entre las parcialidades de Arwámake y Donachuí, en la zona oriental del Resguardo Indígena Arhuaco, donde el investigador se vinculó a la unidad doméstica del mamo mayor de la región.

Sociedad menos solidaria

Según la investigación, en la cultura ikʉ los mamos son considerados como los sabios, los médicos de la sociedad, los que equilibran el mundo, pero hoy luchan con el desconcierto de una estructura social que está empezando a formarse y los sitúa por fuera de la administración de la producción.

“Los ikʉ están pasando de ser una sociedad comunitaria a una atomizada, como la de los campesinos, en la que cada familia es una economía que subsiste por sí misma; los lazos de antaño se desvanecen. Allí el lugar central de los mamos –por la organización de actividades como la agricultura y la danza– está siendo relegado al mundo de lo mágico y lo religioso, mientras que en el liderazgo político está encarnando otros actores sociales”, señala el magíster.

El estudio evidencia otros elementos que demuestran una redundancia funcional en las unidades domésticas, es decir que cada casa tiene las mismas herramientas de trabajo, por lo que no hay división social del trabajo ni especialización, sino que cada unidad doméstica es en sí una unidad productiva; la división del trabajo es por género y edad.

“En las sociedades de orden comunitario había personas especializadas en la producción de bienes suntuosos como las figuras de oro; la sociedad producía tal nivel de riqueza que había gente dedicada solo a la orfebrería. Hoy en día esa actividad ha desaparecido porque cada unidad está orientada a la subsistencia y no a producir excedentes para el centro cacical”, subraya el investigador.

Muchos ikʉ, pocas tierras

Señala además que las sociedades agrícolas de economía precapitalista suelen ser matrilineales y matriarcales, es decir que la mujer juega un papel fundamental, porque en el caso ikʉ ellas son las dueñas de la tierra y las que las heredan, mientras que el hombre debe irse a la tierra de su mujer y trabajarla.

Sin embargo, esto cada vez ocurre menos, en parte porque la tasa de crecimiento demográfico de esta comunidad está por encima de las tierras disponibles. Ante esto, los hombres gestionan recursos del Estado, solicitan la titulación de las tierras y las mujeres pasan de ser las propietarias ancestrales de la tierra a estar a cargo de la casa y los deberes del hogar, mientras que los hombres se vuelven dueños de la tierra e interlocutores de la cosa pública.

“Esta transformación social ha resituado a las mujeres, limitándolas al funcionamiento de la unidad doméstica y no a la administración de la tierra, y a los hombres los ha empujado a vender su fuerza de trabajo como jornaleros”, concluye el magíster Zapata.

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