De la batalla histórica de Carazûa, a la triste realidad de la comunidad wayuu de Câlata.

Por : La Veeduría Ciudadana para la implementación de la Sentencia T302-2017.

En desarrollo de la Guerra de los Mil días, con el apoyo de los representantes del ejército del Partido Liberal, en la Guajira se sumaron de manera directa a esta contienda las fuerzas militares venezolanas impulsadas por su presidente, el General Cipriano Castro, en la histórica batalla de Carazûa, tratando de dar un golpe contundente en su confrontación con el Partido Conservador, ingresando al país por Riohacha y por Arauca.

Este militar que pretendía derrocar el gobierno de la regeneración presidido por José Manuel Marroquín y devolverle la gloria a la antigua Gran Colombia regresándola a las manos de los liberales combatientes como Rafeél Uribe Uribe, libró una sangrienta y estratégica batalla contra las tropas conservadoras que defendieron al gobierno y al territorio frente a la amenaza de una invasión extranjera,  

Dentro de los planes de este entusiasta militar, no contaba con el despliegue de las tropas aliadas del gobierno conservador y sus alianzas con los wayuu, que estaban estratégicamente ubicadas esperando su llegada al territorio peninsular, El 13 de septiembre de 1901,  en La Guajira se libró una  de las más importantes  batallas, que definió el futuro del conflicto bélico entre liberales y conservadores, ya que   ella  permitió cerrar  la ruta de abastecimiento  de armas y otros pertrechos bélicos usados los liberales, proceso que se hacía desde las costas del Municipio de Manaure, especialmente en la zona del corregimiento del Pájaro.

Allí,  del otro lado de la sabana y en inmediaciones del Rio Ranchería, el ejército venezolano  fue derrotado y  regresó  a su territorio perseguido por las tropas indígenas, comandadas por el cacique wayuu José Dolores Arpushana, quien sella el enfrentamiento y pone fin a las intensiones del dictador venezolano, que  rápidamente  se retiró y con esto  enterró  de manera definitiva las alianzas con los liberarles  y con el propósito  de convertirse en factor para decidir el futuro de la  Guerra de los Mil Días y de la República de Colombia.

Los wayuu que acompañaron al aguerrido Jose Dolores, que la historia rescata como el primer wayuu que sometió con su liderazgo y capacidad bélica a diferentes castas o e´irukos, celebraron el fin de una de las batallas más importantes y sangrientas libradas en territorio colombiano, pero que tiene poco reconocimiento en los libros de historia que circulan por las aulas escolares de nuestra nación.  Sin embargo, en La Guajira y en especial en inmediaciones de Carazúa y más específicamente en la comunidad de Câlata, hasta hace algunos años se encontraban enterradas las evidencias del cruel enfrentamiento que tiñó de sangre el suelo de los wayuu en un conflicto en donde participaron las más importantes élites sociales y políticas de la nación.

Los relatos de los más viejos dan cuenta de hallazgos de armas, municiones y cartuchos que fueron usados en dicha batalla y que hoy son simplemente reliquias en algunas casas de la región y de los viejos militares de la nación. Pero lo que continúa intacto hasta hoy, es el espíritu guerrero de las comunidades wayuu que habitan ese territorio y que luchan por su permanencia en ese lugar duramente atacado por las condiciones de desnutrición de los niños menores de cinco años, el abandono y el olvido.

Hoy el asentamiento de Carazûa como epicentro vivo de la historia nacional no existe a pesar de encontrarse a tan solo a 30 minutos del casco urbano de Riohacha, sobre el kilómetro 27 de la vía troncal del caribe, tramo derecho de Riohacha a Maicao.  Nadie se acuerda de   ellos. Los viajeros de la troncal de Caribe, pasan al frente de este poblado, sin reconocer este lugar histórico determinante de la vida republicana

La comunidad wayuu está conformada por pastores por naturaleza y aunque su nombre proviene del nuevo testamento, en referencia a Galata o la provincia romana de Galacia; parece necesitar de un verdadero milagro, como los que se registran por docenas en este sagrado libro; para que las familias que lo habitan puedan obtener algún suministro de agua potable y así logar sobrevivir los calurosos días; que, sin darles descanso, los atacan abiertamente día tras día.

Allí se asentaron hace más 65 años, los descendientes ancestrales de los Epieyu, entrelazados con el e´iruko Sapuana, de los cuales hoy se cuentan alrededor de 34 familias wayuu, con alta población infantil, sin acceso a servicios básicos, servicios de salud, programas de atención primaria para los infantes y mucho menos a la participación comunitaria. Un claro ejemplo de lo que se vive en el resto del departamento en donde se perpetua el estado de cosas inconstitucional determinado en la Sentencia T-302 de 2017 y por lo que hacen las instituciones accionadas no tiene pronta solución. 

Todos los días y un silencioso ritual se aprecian a las mujeres y niños de Câlata aprovechar los primeros rayos del sol, para recorrer los 3 kilómetros que los separan de la rivera del rio Ranchería para cavar o hacer casimbas en la arena del principal afluente guajiro y así obtener un poco del preciado líquido que sirve para sustentar el consumo humano y animal. Esta cotidiana faena se prolonga durante todo el año, en un visible desfile; que, por la cotidianidad, pasa inadvertido frente a los ojos de los gobiernos que los ignoran, tanto como a la historia que cargan en sus hombros.

La historia y la realidad social se juntan en la comunidad de Cálata, comunidad wayuu que a pesar de haber sido protagonista de las historias sobre las cuales se fundan la construcción inacabada de la nación colombiana, se encuentran a la espera de que el destino les escriba la nueva historia de buen vivir desde el marco de la Sentencia T-302 de 2017 y ser compensada devolviéndole el honor y la gloria que alguna vez portó como lugar histórico en la construcción de la República.

La situación de agua en La Guajira, no tienen por que convertirse en otra batalla por la pervivencia de un pueblo, por el contrario; debe ser el canal unificador que construya un nuevo departamento, para que progresen no solo las empresas privadas que en este momento está sembrando parques eólicos, sino las comunidades indígenas que se han ganado su permanencia en el desierto enfrentando duras batallas del abandono del Estado.

Lo que más preocupa, es que el avance social y económico del departamento está ligado directamente al mejor estar y buen vivir de las comunidades indígenas, pero mientras se continúe con el déficit en el suministro de agua potable, no se lograrán subir el resto de los indicadores económicos y en esa medida, la región de Carazúa seguirá alerta y en batalla frente a la sequía y a la desnutrición.

Comments are closed, but trackbacks and pingbacks are open.