Encuentros y desencuentros.

Artículo del destacado antropólogo Alessandro Mancusso profesor de la Universidad de Palermo sobre el reciente y polémico caso sobre las mujeres wayuu . Lo recomiendo pues Alessandro gran conocedor de La Guajira y los wayuu es toda una autoridad en la materia . Weildler Guerra Cúrvelo

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Las recientes polémicas desatadas por un video circulado en las redes sociales en el cual el conocido humorista Fabio Zuleta hace reiteradas preguntas a un supuesto “palabrero” wayuu, Roberto, acerca de la posibilidad de “comprar” jóvenes mujeres wayuu para que brinden sus “servicios” a él y a un amigo suyo me han llamado a presentar unas consideraciones sobre diferentes aspectos de este caso.

Lejos de ser un incidente aislado, no sólo en el suceso sino también en muchas de las interpretaciones que se reportaron en los medios de comunicación se ha reflejado un conjunto de actitudes y miradas de las personas no indígenas hacia las mujeres y los hombres wayuu y, recíprocamente, de est@s últimos hacia las primeras, que no sólo son muy extendidas sino se encuentran arraigadas en una plurisecular historia de encuentros y desencuentros repleta de implicaciones políticas.

Hay que recordar que el humorista comenzó sus preguntas diciendo: “toda la vida se ha dicho que en la Guajira venden las chinitas….”Muchas mujeres wayuu y non wayuu ya intervinieron públicamente para estigmatizar la mezcla de racismo, sexismo, exaltación de la ignorancia y de todo desconocimiento del mundo wayuu que es inmediato detectar en las palabras de Fabio Zuleta. No valga de excusa que él no entendía hablar en serio, sino estaba haciendo una charla de humor.

Todo humor que está basado en el aprovechamiento de una representación totalmente falsificada de una supuesta costumbre que, es más, atribuida a sujetos desfavorecidos y con poco poder de tener voz pública, como son las personas pertenecientes a pueblos indígenas y, por otro lado, las mujeres, vehicula una aptitud de desprecio y burla hacia estos sujetos, sus vidas y sus padecimientos, también.

Cuando alguien, sea o no con un intento de humor, hace en sus discursos recurso a este tipo de representaciones sin interrogarse sobre su real fundamento, se vuelve un portavoz y una caja de resonancia de esta aptitud, reforzándola y confiando en el hecho que esta se encuentra ya muy difundida y compartida entre una franja no exigua de su público y, más generalmente, de la opinión pública.

Lo verdaderamente grave de los sucesos que se están comentando se halla, más bien que en la infeliz salida de Fabio Zuleta, en el arraigo y en los usos que se les hace de sus estereotipos racistas y sexistas y su tranquila ignorancia de la vida social y cultural de los Wayuu en la opinión pública, hasta aquella de la gente que vive a lado o inclusive entre ellos (Valledupar, y lo mismo se puede decir de Riohacha, no se encuentran a miles de kilómetros del territorio indígena, sino adentro de sus márgenes).

Ya se mencionó la reacción de muchas mujeres wayuu que intervinieron aclarando que los bienes y valores que se entregan a la familia de la esposa para legitimar el matrimonio tienen muchos significados socioculturales que nada tienen que ver con la compra de un objeto.

El antropólogo Weildler Guerra Curvelo, uno de los 47 integrantes de la Misión de Sabios nombrada por el gobierno colombiano para evaluar y hacer propuestas sobre el estado de avance de la educación, ciencia, tecnología e innovación en el país, y el mismo indígena wayuu, explicó en una entrevista a la emisora Radio Guatapurí la naturaleza y los significados sociales y simbólicos de las transacciones de bienes que ocurren entre los Wayuu en ocasión del matrimonio.

Voy a resumir y a integrar la información, basada tanto en el conocimiento directo de su propio mundo wayuu como en aquello de los estudios realizados por antropólogos e historiadores en los últimos cien años, que el brindó a fin de quitar todo argumento a las malinterpretaciones, involuntarias como también intencionales.

Uno de los principios en que se fundamenta la sociedad wayuu es que cada persona tiene un valor (kojutü) que tiene que ser reconocido en cualquier circunstancia este venga afectado. En sus múltiples dimensiones este valor no es susceptible de una medida monetaria o de otro género.

Sin embargo, igual a lo que se hace cuando se estipula un seguro, es posible establecer cual sería un monto de bienes y servicios que hay que reconocer como compensación a solicitar a quien lo afecte. Cuando una persona muere, es herida o es ofendida, para los Wayuu hay derecho a solicitar una compensación a quien se considere objetivamente responsable de este suceso y, concretamente, a su grupo familiar, en cuanto se considera que cada individuo no es un átomo aislado, sino que sus actuaciones llaman en causa solidariamente la responsabilidad de los parientes con que normalmente desarrolla en el curso del tiempo su vida social.

Igual, la compensación no está destinada de manera directa al individuo que fue afectado, sino al grupo familiar en que se ha criado y al cual él/ella se encuentra enlazado por un denso tejido de obligaciones y derechos recíprocos. Los bienes entregados como compensación tienen un valor afectivo especial: por ejemplo, los animales entregados por compensar una muerte casi nunca (sino en circunstancias extraordinarias) son vendidos o consumidos por sus familiares y quedan distinguidos por los otros que componen un rebaño.

Vamos al caso de los matrimonios entre los Wayuu, comenzando por el tema general del estatus de las mujeres. Un punto sobre que volveré es que la sociedad wayuu es caracterizada por estratificaciones sociales, también muy marcadas. Hay personas y familias que, también miradas de uno standard occidental, son ricas y poderosas y hay, al otro extremo, personas y familias que son muy pobres, que hasta padecen hambre y donde, como es tristemente notorio, se muere por desnutrición.

Hecha esta aclaración preliminar, en general en la sociedad Wayuu las mujeres tienen un valor especial, no solamente porque son exclusivamente ellas que perpetúan su linaje familiar materno.

Las mujeres tienen roles sociales importantes que van bien allá de aquellos relacionados con la gestión del hogar. Ellas no sólo tienen sus propios rebaños, y heredan animales, joyas y tierras y muchas veces se encargan del comercio, sino desempeñan papeles públicos de fundamental importancia en la sociedad wayuu.

Entre los Wayuu, cualquier persona, no importe su sexo, que con su comportamiento responsable y equilibrado se haya ganado el respeto de los demás, es atentamente escuchada cada vez que se trata de tomar decisiones sobre asuntos importantes de su familia.

En el caso de las mujeres, muchas veces se le reconoce la capacidad de balancear, en estas circunstancias, la tendencia a la impetuosidad o, al revés, a la timidez de los varones de su familia.

Esta función de mantener o restaurar equilibrios sociales se ejerce también todas aquellas veces que una mujer wayuu interviene para dar su aporte a la resolución de un pleito entre la familia de su esposo y su propia familia. En el registro histórico, han quedado los nombres de unas mujeres wayuu, como Rosa Uliana en el siglo XIX, que por las calidades que le fueron reconocidas por los demás, fueran o no indígenas, llegaron a ser cabeza de los más poderosos linajes de la Alta Guajira.

También en el curso de mi trabajo de campo en la Guajira colombiana (2000-2005) entré en contacto con muchas familias wayuu donde las funciones de un verdadero liderazgo, es decir no limitado a las funciones formales de representación legal antes las entidades, en el manejo de los asuntos del grupo familiar era desempeñado una mujer cuya trayectoria y autoridad era reconocida por los demás integrantes.

En breve, en un número considerable de casos, en los grupos familiares wayuu las mujeres pueden recubrir cargos importantes sociales y de autoridad. Cargos a que corresponden “cargas” de energía, de trabajo, de tiempo, y por supuesto de cansancio, superiores a aquellos de los hombres. Como a menudo pasa en todo el mundo, parece que la mujer debe “hacer más” de lo que es generalmente exigido a un hombre para ganarse un reconocimiento público.

Vamos al tema del matrimonio. Permítame brindar unas informaciones generales. Entre muchos pueblos indígenas, el hombre que se casa legitima su matrimonio brindando a los suegros por un periodo de unos años sus servicios laborales. Los antropólogos llaman esta costumbre “brideservice”, es decir “servicio para la esposa”.

Es también frecuente que el hombre brinde a su esposa y a su suegra unas joyas u otro objeto considerado preciado en estas sociedades. ¿Acaso no pasa algo parecido en las sociedades no indígenas con la costumbre de mostrar consideración, apego y cariño a la novia y a sus padres haciéndole obsequios? Es muy probable que esta costumbre fuera presente entre los Wayuu antes que, con la llegada de los europeos, muchos de ellos se volviesen pastores o se involucrasen en nuevos circuitos comerciales, un proceso que se ha desarrollado desde el siglo XVI.

El pastoreo requirió a los Wayuu adoptar nuevas formas de movilidad y asentamiento. Como se explicó, los aportes de las mujeres al bienestar de su hogar y grupo familiar es muy importante.

De aquí que se pidiera el esposo de entregar a los padres o tíos maternos unos bienes en compensación por la renuncia que, con el matrimonio, ellos hacían a estos aportes, y esto especialmente si el hombre llevara su esposa a vivir con él en otro asentamiento distinto de aquel de la familia de origen de la mujer. Hay que agregar algo más.

De hecho, es frecuente que cuando una mujer wayuu se case, su familia de origen le entregue unos animales para garantizar su autonomía económica frente al marido. Al nacimiento del primer hijo o hija, se espera que el esposo entregue a su vez unos animales por compensar el dolor del parto que la mujer sufrió.

Hay también hacer claridad sobre el uso de las palabras. Una cosa es el dote, con que se entiende unos bienes que la mujer lleva al marido al momento del casamiento, otra cosa es la llamada “bridewealth”, o sea “riqueza de la esposa” con que se designa la transferencia de bienes que la familia del esposo hace a la familia de la esposa en ocasión del matrimonio. El caso del pau’na de los Wayuu es una forma de bridewealth, mientras que es inapropiado llamarlo “dote” que es una costumbre que hasta hace poco se encontraba vigente en los países latinos de Europa de Sur y en China.Otra necesaria anotación.

Tengo bastante fastidio cada vez que en los medios de comunicación o en el discurso cotidiano se habla de las culturas indígenas, entre las cuales la Wayuu, como “milenarias”.

Por cierto, no pongo en tela de juicio el hecho que la civilización (o cultura) de cada pueblo indígena es el resultado de desarrollos milenarios y que merece todo respeto, aunque sólo sea por la capacidad de resistencia mostrada frente a siglos de menosprecio y violencias a que fue sometida por os colonizadores europeos.

Mi fastidio procede del sentido que se le da a la palabra “milenario”. El hecho que en la historia de la humanidad la esclavitud, el sometimiento de las mujeres, la arrogancia de los poderosos, el maltrato injusto reservado a los desamparados, sean fenómenos que se han perpetuados por “milenios” no es una razón para merecerle aprecio. Sobre todo, que la cultura de un pueblo indígena tenga una historia “milenaria” implica lo contrario de lo que periodistas y burócratas entienden cuando suponen que “milenario” quiera decir “que se quedó igual desde milenios”.

La costumbre wayuu es llamada en la lengua wayuu (wayuunaiki) “sukuaitpa wayuu”, lo que se podría literalmente traducir como “lo que ha caminado con nosotros, los Wayuu, hasta hoy”. Implica una procedencia y una continuidad con el pasado, pero al mismo tiempo que la costumbre valorada es aquella que ha ido cambiando gracias a la creatividad y a la capacidad de arreglar y acomodar (akumajaa) cada novedad históricamente ocurrida en su entorno de vida y en su territorio de acuerdo a los principios morales que definen la manera de ser y actuar propia del ser Wayuu, de manera de nunca dejar de serlo, volviéndose alijuna, “extranjero” a sí mismo.

En estos días hubo muchas mujeres wayuu que intervinieron públicamente para resaltar lo que yo me atrevo a rendir con estas palabras: “mira, lo que insinuó el señor Zuleta es mentira, es ofensivo no solamente por la dignidad de la mujer wayuu, sino por la dignidad de cada mujer.

Pero, si no queremos ser unos hipócritas, no debemos ocultar una situación y una problemática social triste y dramática, es decir que hay tantas mujeres wayuu que hoy viven una vida difícil y a veces hasta horrible, que se encuentran a menudo maltratadas por sus esposos y sus padres, en cuyas familias se lucha diario para sobrevivir al hambre, y que para escapar a esta situación tan grave e intolerable deben pasar todo el día en la calle buscando vender su mercadito o someterse a inevitables humillaciones estando trabajando como sirvientas en casas ajenas al mando, no siempre tan amable, de sus amas, aguantando apodos como “chinita, marchanta, india”, hasta prestando, en unos casos (hace quince años, cuando terminé mi trabajo de campo, no eran tan frecuentes, afortunadamente, por lo menos en Colombia) servicios sexuales en cambio de comida”.Similares comentarios son necesarios.

Sin embargo, hay que entrar con más detalles en el análisis de estas problemáticas. Por lo general, la población wayuu en su conjunto, y particularmente la que habita en las áreas rurales, se encuentra desde décadas en una situación critica, en que se entremezclan el culpable abandono por parte de las instituciones del Estado y de sus administraciones periféricas; un modelo de desarrollo económico de la región que no ha tenido mínimamente en cuenta las exigencias y necesidades básicas de las poblaciones indígenas; un concepto y una práctica local del hacer política en que esta, en cambio de tener como objetivo el interés y el bien público de la ciudadanía, se reduce a ejercicio de poder y perseguimiento de los interés particulares de unas élites regionales y de sus clientelas electorales; la difusión de una ideología de la violencia, conectada con el ingreso del narcotráfico y del conflicto armado en la Guajira, como forma de manejar las relaciones y de conseguir poder y riquezas.

En esta situación lo que unos científicos han llamado “racismo estructural” se ejerce en contra de la población wayuu, especialmente aquella más pobre y que busca mantener un modo de vida no asimilado a aquello de la sociedad mayoritaria.¿Hay machismo, violencia conyugal, aprovechamiento de la mujer y menoscabo de su dignidad entre la población wayuu? Por supuesto que sí, aunque, me atrevo a decir, menos de lo que pasa entre la población no indígena.

Por esta razón, estoy convencido que interpretar estas realidades en términos de patrones culturales conduce a serias equivocaciones: de todas formas, si de “patrones culturales” se quiere hablar, no son propios de una “etnia”, sino conciernen formaciones sociales más amplias, cuales las sociedades regionales y nacionales en que los Wayuu están incorporados.

¿Hay que tomar medidas y actuar frente a estas situaciones? Por supuesto que sí, pero esto compite en primer lugar a las autoridades propias de los Wayuu. Y es con un trabajo largo de educación y con políticas que busquen solucionar la situación de miseria endémica sufrida por muchas familias wayuu y no con la represión judicial y policial que sólo se pueden lograr resultados extendidos y duraderos.

Un fuerte y nuevo compromiso del Estado y de las muchas entidades e instituciones públicas, que hasta ahora se ha demostrado, para utilizar eufemismos, tan ineficiente o ausente, con respeto a la solución de estos problemas que afectan los derechos humanos básicos de los Wayuu como ciudadanos, es fundamental para que las autoridades indígenas sean puestas en las condiciones de operar en esta dirección.

Me sea permitido unas ulteriores consideraciones que me provocan los sucesos que estoy comentando. El señor Zuleta no hizo su discurso estando solo sino en una charla con un hombre wayuu, Roberto de Siapana, que se presentó como palabrero.

Es claro que Roberto se reveló no preparado a desempeñar su papel de “palabrero” y cayó en la trampa de mostrarse condescendiente al rumbo que el señor Zuleta quiso darle a la charla.

De esta manera él demostró una actitud de subalternidad, sometimiento y escaso sentido de responsabilidad hacia su gente que hoy en día desafortunadamente caracteriza el actuar de unos (y quizás no tan pocos) supuestos representantes de dicho pueblo, especialmente frente a sus “compadres” no indígenas o a los funcionarios de entidades públicas y privadas.Por supuesto, tal actitud es reprochable, pero quisiera agregar algo para ubicarla un contexto más amplio.

Desde por lo menos cuarenta-cincuenta años los Wayuu han debido pasar por cambios radicales en su entorno de vida, en el control de su territorio, en las relaciones con la gente no indígena.

La película “Pajaros de verano” recién estrenada, mostró el impacto que ha tenido en la Guajira el desarrollo del narcotráfico desde el 1970. Aunque este fenómeno haya involucrado solo una porción minoritaria de la población indígena, ha dejado huellas duraderas con respeto a los modelos de comportamiento y ha contribuido a engendrar un sentido de confusión en la orientación cognitiva y moral de muchos wayuu.

Pero, en este sentido, ha habido otros factores que contribuyeron, quizás en medida más relevante, a dicha desorientación. El primero es sin duda la actitud de racismo generalizado hacia los Wayuu que ha sido tan fuerte de ser interiorizada por muchísimas y muchísimos de ellos, traduciéndose en “vergüenza étnica”, en un rechazo de su visión del mundo y de las relaciones sociales y en la consecuente imitación de la visión de la sociedad mayoritaria.

En segundo lugar, la penetración en la península de la Guajira de nuevas actividades de explotaciones económicas de gran escala (cuyos beneficios, cuando llegaron a la población wayuu, fueron migajas, al contrario de los daños de contaminación ambiental inevitablemente causados por la minería, que siguen siendo masivos), el perdurar del narcotráfico, el ingreso del conflicto armado y del paramilitarismo, el mismo desarrollo de las entidades administrativas departamentales y municipales han producido en su conjunto, un total trastorno en los horizontes de vida de toda la población wayuu.

Las generaciones de Wayuu que han vivido y tenido su desarrollo de vida en estas décadas, a las cuales pertenece Roberto, se han hallado en una situación existencial y social tremenda: los referentes del pasado en materia moral y social, en particular los ancianos con sus saberes y sus experiencias acumuladas, han aparecido proveer guías insuficientes – no por su falta mas por la rapidez de las transformaciones de similar tamaño – mientras que los nuevos modelos prospectaban por toda persona wayuu un futuro incierto y presumiblemente de marginalidad y desconocimiento de su pasado y patrimonio cultural.

En otros pueblos indígenas que han pasado por estos procesos, el efecto documentado ha sido un incremento exponencial de suicidios entre los jóvenes, debido a la falta de salidas de su desesperación existencial. Quizás que las mismas dimensiones demográficas de la población wayuu hayan concurrido en atenuar, pero también a ocultar la presencia de este trágico fenómeno a su interior.

Por cierto, en las ultimas décadas muchos jóvenes wayuu han reaccionado de manera no autodestructiva a esta situación, buscando articular un nuevo discurso de orgullo de pueblo basado en la búsqueda de un renovado equilibrio entre las herencias de su pasado cultural y su actualización frente a las situaciones inéditas contemporáneas. Se trata de un proceso largo, difícil, repleto de obstáculos y trampas, que se derivan sea de la hostilidad puesta por muchos sectores del mundo no indígena, sea de razones relacionadas con las particularidades de la historia y de la organización sociopolítica de los mismos Wayuu.

Quien escuche el comienzo de las palabras de Roberto en su desafortunada entrevista capta el deseo de brindar una imagen de la cultura wayuu como hospitalaria y amigable, como lo son muchísimos Wayuu, a pesar de la actitud de desconfianza que han debido históricamente desarrollar frente a cada extranjero que se instale en su territorio.

Luego, intervino el señor Zuleta callándolo y de manera imperiosa llevando la charla a otro rumbo. Y Roberto, desorientado también por no manejar de manera tan fluida el castellano, se acomodó a la agenda de su anfitrión.

Me parece que no hay que justificarlo, pero hay también que comprender todo lo que está atrás su manera de reaccionar.Menos comprensible me parecen unas reacciones de funcionarios de entidades del Estado colombiano que parecen darse cuenta y emitir sus pronunciamientos públicos acerca de la dramática situación vivida por una población tan grande como son los Wayuu en Colombia solamente cuando los bordes del iceberg salen al aire de los medios masivos de comunicación.

Lo que me resulta difícil aceptar es que estas reacciones consistan sobre todo en proponer medidas de investigación policial (aunque tal vez puedan ser necesarias y urgentes), en vez de enfrentar el verdadero nudo de políticas no improvisadas de educación, de salud y de ayuda económica serias dirigidas a la población wayuu y cuyos contenidos y metodologías de actuación sean concertadas respetando el punto de vista de los mismos Wayuu y de sus autoridades.
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Alessandro Mancuso

Soy doctor en antropología y la enseño en la Universidad de Palermo en Italia desde unos quince años. Realicé mi trabajo de investigación doctoral en la Guajira colombiana desde 2000 hacia 2003 y en los años siguientes obtuve una beca posdoctoral para continuarla hasta 2005, escogiendo como enfoque particular las relaciones de género y las formas de liderazgo femenino entre los Wayuu.Para quienes tienen memoria, fueron años muy tristes para Colombia, y especialmente para la Guajira.

De hecho, fue en esos años el conflicto armado se intensificó también en este Departamento, llegando hasta adentro el Resguardo Indígena de la Alta y Media Guajira y aquí entretejiéndose con un nuevo auge del tráfico de estupefacientes y de armas en la región.

Recuerdo que el 18 de abril de 2004 tenía que viajar para la Alta Guajira para pasar ahí un tiempo desarrollando mis temas de investigación. Nunca pude hacer aquel viaje, ni en aquella fecha ni en los meses siguientes de mi trabajo de campo.

El 18 de abril de 2004 fue, en efecto, fue el día que fue perpetrado la horrible masacre de Bahía Portete en lo cual, según los resultados de las investigaciones posteriormente realizadas, a ser martirizadas fueron sobre todo mujeres wayuu.

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