De Shenzhen en China a La Guajira en medio de la incertidumbre del Covid-19.

Odisea en tiempos del Coronavirus.

Por: Ana Karina Lázaro Vega.

Era el 17 de Enero y tuve que ir a mi cita oftalmológica en el Hospital de Nanshan, en Shenzhen. Ya para ese entonces empecé a ver en muchos locales  las mascarillas que es algo muy usual de encontrar entre los pacientes y personal médico de hospitales en China, pero que ya reflejaba un incremento con un rango de 6 por cada 10 personas portando una.

Medicinas oftalmológicas: Foto: Ana Karina Lázaro Vega.

Los días en mi apartamento transcurrían sin mayor eventualidad. Soy una persona que puede estar días sin salir porque trabajo en casa desde hace más de un año. Sin embargo, de un momento a otro todo cambió: las calles empezaron a desolarse, los negocios cerraron, las personas no salían de sus casas y un sentimiento de vacío y angustia controlada empezó a embargarme.

Para esta época es muy común en China que las personas se movilicen en masa para visitar a sus familiares que se encuentran en otras ciudades del país, sobretodo los habitantes de Shenzhen, quienes en su mayoría no son nativos de esta ciudad.

Pero esta vez no parecía un Año Nuevo Chino usual, pues se sentía un aire de tristeza inexplicable y fue ahí cuando todos nos enteramos de la propagación de un virus.

Shenzhen es una ciudad su-provincia de 12 millones de habitantes localizada en el delta del río de las Perlas en la costa sur de la provincia de Cantón, en la República Popular China. – Foto: Ana Karina Lázaro Vega.

Empezó sólo con Wuhan y quienes vivimos en el extremo sur de China, no nos preocupamos. Luego acabó el año nuevo y las personas con el retorno a sus hogares trajeron consigo el virus a nuestra provincia de Guangdong. Ya se empezó a evidenciar la incertidumbre y la zozobra.

No sabíamos qué ocurría. No sabíamos cómo se transmitía o cómo se podía controlar.

La imagen era de total incertidumbre.

Trataba de enfocarme en mi trabajo con largas horas de múltiples tareas y,  sólo veía videos conscientemente seleccionados y por no más de una hora al día para informarme de lo que estaba aconteciendo.

Me comunicaba diariamente con mis padres y esposo, pero no era suficiente. No es suficiente para una persona el estar sola afrontando un virus lejos de su familia y sin tener la idea más próxima a lo que uno se está enfrentando. Esto es sin duda el sentimiento más embargador del mundo.

Hubo días malos. Días en que sólo sentía tristeza, pero volvía a pararme al  siguiente restándole importancia al anterior y sobretodo a las noticias del extranjero donde inflaban los titulares de ‘aquella epidemia’ descubierta en China, como si eso nunca llegase a pasar fuera de ella. Qué mal pensaron.

Ana Karina Lazaro, nos comparte su salida de China a Colombia.

El 7 de Febrero y luego de 20 días sin salir de mi apartamento, estaba rumbo al aeropuerto de Hong Kong para tomar mi vuelo a Barcelona. Con tapabocas, guantes y antibacteriales; me subí a la band que finalmente me llevaría a mi destino al otro lado del puente que une a China con la isla de Hong Kong.

Las movilizaciones de carros para cruzar la frontera de China era inmensa y en las calles de Shenzhen la imagen era casi apocalíptica.

Con todos los nervios, pero con gran deseo de dejar atrás la epidemia, la soledad y de reunirme con los míos; tomé mi vuelo.

5:30 AM y con mi llegada de escala a Dubái, tomo un gran respiro llenando mis pulmones mucho más de alivio que de aire. Una vez llegué al lounge (zona VIP), tomé la ducha más relajante en mucho tiempo, pero antes, mientras caminaba hacia esa zona y quitándome la molesta mascarilla después de un viaje de 5 horas y media, noté a todos los asiáticos del aeropuerto usando mascarillas. Por supuesto, para ese entonces lamentablemente el estigma se había propagado más rápido que el virus.

Al reunirme con mi esposo en Barcelona luego de 16 horas de viaje desde Dubái, me sentí nuevamente en casa y aliviada, sin saber que en menos de un mes el virus ya vuelto pandemia, iba a tocar suelo europeo.

A pesar de esto, el ambiente en España no era de caos. Contrariamente al constante incremento de los nuevos casos de contagio en las ciudades más importantes del país flamenco, no se respiraba alarma alguna, por lo tanto mi esposo y yo estábamos tranquilos.

Un mes después de mi llegada, ya estaba lista para emprender mi viaje a Riohacha para encontrarme con mis padres y seguir trabajando en mi proyecto personal con tejedoras Wayúu, y a tan sólo dos días de mi viaje se decretó la alerta naranja en toda Colombia, que para entonces ya tenía 3 casos de contagio.

Centro comercial en Shenzhen-China. Foto: Ana Karina Lazaro Vega.

Mi sentimiento de zozobra se disparó nuevamente, pero ya no había vuelta atrás. No podía volver a mi apartamento en Shenzhen porque la situación allí era de contingencia. No podía quedarme en Europa porque mi compromiso laboral me requería estar en Riohacha y trabajar insitu. En Colombia la entrada de nacionales al territorio seguía abierta, por lo tanto decidí seguir adelante pues también era consciente que estaba totalmente sana.

Mientras empacaba pensé que hubiese preferido no haber salido de Shenzhen, al menos ahí estaba segura en mi hogar, en mi espacio. Llegar a Riohacha en época de pandemia sin duda significaría discriminación, rumores, estigmatización, pero mi más grande miedo era la represalia que personas poco informadas sobre el tema pudiesen tomar en mi contra.

No había forma de saber que esto pasaría de ser un virus en una población en China, a una pandemia que tocaría a gente de todo el mundo sin importar raza, edad, ni estrato social.

Una vez llegué a Bogotá pasé la noche en el aeropuerto,  porque no se nos permitió a los que veníamos de fuera quedarnos en hoteles.

Al día siguiente al llegar a Riohacha, el calor guajiro me abrazó. Esa fue la única bienvenida calurosa que recibí porque por precaución no abracé a mis padres.

El 14 de Abril cumplí un mes sin salir de casa.

Conté todos y cada uno de los 15 días de mi cuarentena individual desde que llegué a Colombia como cuando uno cuenta los días antes de su cumpleaños, pero sin duda el sentimiento de ese tiempo regresivo no era de felicidad sino de saber que estaba bien, que a pesar de haber pasado de China a Dubai, luego a Bogotá y finalmente llegar a Riohacha, no había contraído el virus, como efectivamente pasó.

La experiencia sin duda fue traumática en varios tramos, pero también llena de aprendizaje.

Esta experiencia afianzó mi empatía con mis amigos que se encuentran en estos momentos en Francia, España, Ecuador y China y a quienes llamo al menos una vez por semana o cada 15 días para saber cómo están, porque a mí precisamente eso me hizo mucha falta cuando yo estuve en cuarentena sin saberlo en China.

Esta experiencia me enseñó a valorar más al personal médico, quien está al frente día a día luchando para que estemos sanos y para que no se propague la enfermedad.

Esta experiencia reafirmó lo afortunada que soy porque a pesar de mi travesía por medio mundo, nunca desarrollé un solo síntoma del virus. Y también que cuento con un núcleo familiar que está ahí para mí por sobre todas las cosas.

Mi historia está muy lejos de llegar a ser como La Odisea de Homero, pero ésta aún no termina ni para mí ni para nadie. Solo nos resta esperar el fin de la pandemia para saber cómo termina ésta novela.

Centro comercial en Shenzhen-China. Foto: Ana Karina Lazaro Vega.

Comments are closed, but trackbacks and pingbacks are open.