Se han comido el sol.

Por: Weildler Guerra Cúrvelo

La acumulada sensación de encierro hace visible las fisuras de tiempo. Las formas de medición de este se nos muestran ahora en toda la nitidez de su arbitrariedad. Convencernos de que los lunes ahora tienen sabor a domingo requiere más que un acto de fe. Para los antiguos griegos el tiempo era la arena en donde ocurrían los eventos. Hoy, frente al vespertino conteo de enfermos y muertos a causa del coronavirus, ningún evento en nuestras sociedades parece relevante.

La filosofa española Amelia Valcárcel, basándose en el pensamiento de Henri Bergson, afirmaba hace unos días que la conciencia del ser humano del tiempo es laxa, no precisa, aunque hayamos aprendido a medirlo. Para ella, al igual que en las guerras, la pandemia genera una especie de tiempo suspendido signado por la incertidumbre, un paréntesis que se abre dentro del tiempo acostumbrado.

 Esta sensación de tiempo suspendido que nos trae la cuarentena puede asimilarse al tiempo liminal de los ritos de paso al que se someten los seres que se encuentran en un estado indefinido, como las niñas que se van a convertir en mujeres.

Existe una antigua narración indígena en Sudamérica llamada Se han comido el sol. Los mitos, a diferencia de lo que dicen los noticieros, no son sinónimos de mentiras. Como lo afirmó Levi Strauss las narraciones míticas son objetos históricos que operan específicamente para suprimir la amenaza planteada por el paso del tiempo.

 En ese relato, recogido por el antropólogo Michel Perrin, luego de intensas lluvias el sol desaparece: “Era cerca de mediodía y hubiera uno creído el amanecer. La gente fue presa de pánico y los humanos pedían socorro – ¡Socorro abuelo! – ¡sálvanos! ¡ilumínate otra vez, Si no moriremos de hambre. ¡Ya no podemos comer! Así decían frente al sol sin luz”. Los humanos morían en tal número que nadie se ocupaba de enterrar a sus semejantes.

El oscuro mundo carecía de esperanza. Narraciones indígenas como esta codifican eventos dolorosos como las epidemias del pasado y ¿qué metáfora podría ser más apropiada para reflejar la desesperanza humana que pensar que se han comido el sol?

En medio del respiro dado al medio ambiente la gente recupera la idea de un universo primordial. Las fotografías de delfines en aguas prístinas y azules, los felinos y venados que deambulan por el borde de las ciudades, el retorno de las aves silvestres a los jardines y ventanas de nuestras casas nos hace revivir la posibilidad de un nuevo pacto con el planeta.

 Quizás este incierto momento que viven todos los países les permita ver a la tierra no como un simple telón de fondo constituido exclusivamente para la vida humana. Ella es mucho más que un espacio utilitario que podemos llevar hasta el límite sin pensar en los otros seres vivientes.

¿Qué es el tiempo? Occidente lo registra en un continuo natural episódico que regularmente acuña en números y en paréntesis. Para otras sociedades el tiempo se explica en terminaos de modos discontinuos de existencia. Suele emerger de actos transformativos que ocurren en lugares. Luego, la tierra está dotada de intencionalidad.

El tiempo se compone, por tanto, de eventos y lugares, afirma Tony Swain en un hermoso libro llamado Un lugar para extraños (A place for Strangers). La humanidad podría aprender una lección de los aborígenes australianos. Ellos piensan que toda forma de vida es consciente porque la vida misma es una extensión de la consciencia del lugar.

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