Antonio Chay Gómez, El putchipuu inmortal de la nación wayuu

Por: Mermis Daniel Fernández

Fotos: LizMary Machado

Es casi medio día, del mes de enero de 2019, las polvorientas carreteras improvisadas marcan las huellas de los carros y las motos, pasan entre las casas y llevan a varias direcciones, cualquiera que no conoce bien la zona puede perderse fácilmente. El paisaje es igual en todas partes; semidesértico,  cujíes, cardones y atta (palo Brasil).  Casi una hora en dirección hacia el mar (palamuin) de Uribía,  se llega a Mantou, territorio ancestral de Chay Gómez, tío de los Ipuana de Karemé.

Sentado en un chinchorro, debajo de una enramada de yotojoro, en amena conversación con otro anciano, luciendo un shein finamente confeccionado, y un karats encontramos a Chay Gómez, el Putchipü conciliador de los kasachiki más sonados en los últimos años en el territorio wayuu, quien amablemente nos invita a sentarnos y acepta darnos la entrevista.   

Antonio Chay Gómez, Wayuu, hijo del alijuna Carlos Gómez, un reconocido comerciante de la época que no hablaba wayuunaiki y de Martina Ipuana que no hablaba español, nació en 1927, bautizado en el  caserío Carrizal, Cabo de la Vela, media Guajira Colombiana. Es el mayor de sus dos hermanos: Juan y Claudio Gómez.

El prestigio de su familia, el reconocimiento a su personalidad y  la autoridad que impone con su presencia lo involucró rápidamente en los asuntos de resolución de conflictos como Putchipü en la gran nación wayuu,  “Yo empecé   a llevar la palabra en el año 1970.  Mi tío no le gustaba la idea que yo fuera Putchipü. Pero con el tiempo la gente me buscaba, y como los asuntos que yo arreglaba daban resultados satisfactorios, me empezaron a conocer”.

Fue uno de los propulsores para la creación de la junta mayor de palabreros, y para que la Unesco reconociera el sistema normativo wayuu como patrimonio inmaterial de la humanidad en el año 2010.

Una llamada interrumpe la conversación, alguien le informa que al día siguiente lo esperarían en Tapalajuin, Alta Guajira, para cerrar el caso de un muerto. Cuelga el teléfono  lanzando una broma  que nos saca una carcajada a los presentes. No tiene contabilizado  la cantidad de casos resueltos como Putchipü.

Chay Gómez, camina por toda la guajira colombo venezolana, como la autoridad moral que lleva la pasificación a través de la palabra. Dice que como wayuu tiene familias en Wuimpumuin, Wopumuin, Machiquez, en donde es reconocido como el tío mayor más influyente en este último siglo. 

Asegura que los  problemas entre clanes suceden porque los mayores de las partes involucradas no aplican el sistema normativo wayuu. “En la mayoría de los casos  no se resuelven los problemas por culpa de nosotros mismos. Porque  no creemos en la palabra”.

Resalta la importancia del papel que juegan  los mayores para evitar las confrontaciones en la sociedad wayuu. “Por ejemplo si cometes un crimen, yo como Putchipü debo convencerte para que  respondas por esa falta, después de eso no te pasará nada, quedaras en paz con la gente y contigo mismo. Tus tíos  no pueden  decir que ese problema es solamente tuyo porque fuiste  el que disparó. No, en las venganzas wayuu no escogen a los culpables, pagan todos, porque es un daño colectivo. Toda la familia responde.”

Recuerda un problema que trató de evitar en Jalala (Alta guajira)  cuando le llevó la palabra a una familia por un muerto y ellos dijeron que no tenían nada que ver en el asunto.  “Los tíos del agresor no querían dialogar.  Que buscarán al culpable, que ellos no iban a responder. Pasaron tres meses y la familia del muerto envió varias veces la palabra y no respondieron.  Hasta que los agraviados en venganza mataron al tío mayor. En este caso  el problema es provocado”.

Chay Gómez, baja la cabeza y da dos golpes fuertes en la arena con su bastón de mando mencionando que todos los eirűku tienen un territorio ancestral, en “Wuinpumuin” de donde son sus bisabuelos. “Por ejemplo yo actualmente vivo en Mantou, allí tengo mi cementerio, pero según mis mayores somos de Tetepule. Mis abuelos llegaron a Mantou y Karemé cuando eso era un monte solitario, no había nadie, se instalaron allí y allí me dejaron; pero eso no quiere decir que yo soy el propietario de esa tierra. ¡No..!. El territorio es sagrado. No se puede negociar” 

  Laulashi, como lo conocen cariñosamente entre sus hijos, sobrinos y familiares más cercanos de Mantou, Le preocupa que por el dinero, muchas familias en la guajira se estén desintegrando, olvidando que para  los wayuu, el territorio no se vende. -“El territorio lo compartimos con los animales, las plantas y los peces; Ellos tienen el mismo derecho que tenemos sobre el territorio. El problema que se vive actualmente se da por la plata. Con el dinero del resguardo hay disputas por un pedazo de tierra. Conozco de clanes que han matado por los resguardos y eso es muy preocupante”.

“Nosotros actuamos como locos cuando pretendemos adueñarnos de un pedazo de tierra. El territorio no es de ningún wayuu. El territorio  es una propiedad colectiva. Para mi concepto el territorio tiene vida propia, mayor que nosotros. Cuando morimos se queda en la eternidad para que vivan otras generaciones.  No le pertenece a los wayuu ni a los alijunas”. Reflexiona Gómez.

Chay Gomez, desde muy joven conoció el caserío que hoy en día es Uribía, “No recuerdo muy bien en que año conocí estos lugares.  Aquí no había casas, no era un pueblo todavía, nosotros nos vinimos a pasar el verano con los animales aquí cerca, en  Jouwuo.  Lo único que había era una yüüja (huerto wayuu)”.

Está convencido que   para la resolución de los conflictos claniles se debe agotar las instancias por el sistema normativo propio  antes de aplicar la justicia ordinario de los alijuna, para que se mantengan los principios del ser wayuu, quizás por eso mientras participaba junto a sus compañeros de la junta mayor de palabreros, en la asesoría a una familia wayuu en la comunidad de Kaleruwou  el domingo 5 de enero, fue sorprendido por una dificultad respiratoria, situación que lo llevó hasta una clínica en Barranquilla, en donde falleció el sábado 11 de enero de 2020 a los 92 años de edad.  

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